domingo, 14 de mayo de 2017

El asesino de la andanada



Pablo baja a la calle todas las mañanas a echar unas migas de pan -para que se las coman los gorriones, pobrecillos.

En el pueblo siempre los llamaron pardales, o gurriatos, si eran pollos. Es lo que tiene el campo, que aprende uno a conocer a los animales.

Deja las migas en el alcorque de un arbolillo que malvive, descuidado, entre el humo y el cemento. Lo malo es que últimamente se las comen las jodías palomas. Hay por todas partes y lo ponen todo perdido.
Siempre hay algún mandao que le encarga Carmen, su pareja desde hace casi ya sesenta años que se hicieron novios en el pueblo. Que si el pan, que si los yogures, la comida de Mariano, su gato…en fin, siempre hay algo que hacer.
A Pablo le acompaña siempre ManoloManolillo-, el perrillo más listo que el hambre y que tanta compañía les hace, aunque no tanto como Mariano, que no se separa de Carmen en sus largas tardes de butaca y tele.

Desde que pasó lo de la cadera, Carmen apenas sale ya de casa y es Pablo el que pasa revista al barrio cada mañana y da de comer a los gorriones. El barrio al que hace tantos años que llegaron que ya ni se acuerda. Lo que si recuerda es que esto debían ser casi  las afueras de Madrid, un barrio auténtico y más bien pobre y ahora, fíjate tú, vivir en Ventas es casi un lujo. Hasta llegó a jugar alguna partidita de mus con fari –El Fari-, todo un personaje, mu buena gente.
También recuerda el día que tuvo que cambiar la borrica y el serón por el autobús que le llevaba cada mañana a la fábrica allá por Villaverde.
-Cógete a la Carmen y te vienes  a Madrid, que allí en el pueblo vas a ser un muerto de hambre toa la vida. 
El tío Santos estaba de encargao en una fábrica en Madrid, aunque Pablo nunca supo exactamente de que se encargaba…pero vamos, encargao era seguro porque todos le llamaban señor Santos.
El caso es que allí le consiguió un trabajo, y allí estuvo hasta que cerró y se tuvo que ir al paro.
Y la Carmen a asistir en una casa muy seria y respetable en el barrio de Salamanca, tan cerca y tan lejos entonces. Muy buena gente, de misa diaria la señora, y con mucha clase y dinero.

A Pablo ya le gustaban los toros porque en el pueblo siempre han sido muy de toros, pero vivir ahí tan cerquita de las Ventas, pues quieras que no te vas aficionando cada vez más. Pocas tardes de toros ha fallado Pablo desde que llegó al barrio. En tantos años ya casi ha dado la vuelta al ruedo, aunque ya no cree que se mude de su andanada del 10, donde aún se recuerdan, o se creen recordar, faenas inolvidables de Bienvenida, Dominguín, Antoñete, Paco Camino -su Paco Camino- El Viti, o hasta de Manolete cree recordar alguno.
-A todos estos pelagatos del clavel que se creen que saben tanto les vendría bien pasarse alguna tarde en la andanada con las orejas bien abiertas, a ver si aprenden algo de los que sabemos…

Tiene suerte, al menos él puede seguir conservando el abono, que hay algunos que no han tenido tanta suerte y merodean cada tarde por las puertas a ver si sobra alguna entrada, de gañote, que casi siempre hay alguna.
Ahora que Carmen está tan torpe ya no puede ir todos los días, pero siempre hay alguna vecina que echa la tarde con ella, o si no se acercan su chico o su chica, que la verdad es que se portan muy bien con ellos, son muy buenos hijos, la verdad. Toda la vida currando como animales para ellos al final tiene su recompensa.

Y sus nietos, sobre todo Lucía –La Luci- a la que quiere, se quieren, con locura. Lo malo es que le ha salido antitaurina, y de Podemos, le ha dicho la Mari. A él, que ha sido de Comisiones y del Pecé toda la vida,  que la Luci sea de Podemos no le parece muy mal, la verdad, aunque estos no tengan ni puta idea de la vida y sean tan cantamañanas y tan chulos, que nos van a acabar jodiendo esto de los toros sin tener  ni idea de lo que es esto y sin saber ni lo que es el campo ni los animales. Ni cavar un huerto saben.

A Pablo le gusta llegar pronto para evitarse la cola en el ascensor, que luego no veas la que se monta, sobre todo en Sanisidro. 
Esta tarde va un poco más apurado de tiempo, no quería irse de casa sin que llegara la Mari, así que no va a tener tiempo de echar un rato a la sombra de El Yiyo.

Al cruzar la calle ha escuchado unas voces que parecen gritos y ha visto mucha policía y unos papeles que salían volando por los aires.
Son unos chavales, casi unos niños, vigilados por un hombre alto, delgado, con cara de amargao, que parece llevar la batuta, vociferando a coro insultos y gilipolleces
¡¡¡asesino!!! ¡¡¡asesino!!! le grita una chica a quien no quiere mirar, apenas una niña, señalándole con el dedo y con la cara enrojecida de ira.
Pablo no quiere mirar atrás, no quiere reconocer esa voz, y tiene prisa por coger el ascensor.

No ha sentido miedo, pero aún le tiemblan un poco las manos cuando llega a la andanada, a su andanada del 10.