jueves, 17 de noviembre de 2016

Sobre los toros "de antes"


Interesante pasaje del libro “Diano”, obra de D. Luis Fernández Salcedo en el que desgrana la vida y descendencia del famoso semental procedente de Ibarra, raceador de la cruza que emprendió D. Luis Gutiérrez, tío y padrino del autor, en la ganadería colmenareña de D. Vicente Martínez, a la sazón, bisabuelo del ganadero…que no llegó a serlo, como él mismo se denominaba.

Ingeniero agrónomo, prolífico escritor, aficionado y erudito taurino, hace un análisis muy conciso de la evolución del tamaño del toro y su comportamiento en la suerte de varas. Para situarnos, tengamos en cuenta que el libro lo escribió en torno a 1956…

“Un ganadero, fallecido hace muchos años, me decía: “Cuando crecen los toreros menguan los toros, y a la recíproca. En tiempos de Guerrita, bien por atender a sus exigencias o por brindarle ese favor, los ganaderos achicaron al toro que estaba vigente en los tiempos de Lagartijo y Frascuelo. Apenas se retiró el Califa de Córdoba, como si hubiese desaparecido la presión ejercida, los toros recuperaron con creces el volumen anterior, hasta el punto de que nunca fueron tan grandes como en la época de Bombita y Machaquito”.

Habrá que entender que ese “nunca”  se refería a la época en que dicho ganadero estuvo viendo toros, que bien pudo ser de 1880 a 1950. Pero si aceptamos su afirmación de que nunca fueron los toros tan grandes, tenemos que declarar también que quizá nunca fueron tan mansos como en los citados años esplendorosos del sevillano y el cordobés.

La personalidad artística de  toreros de la clase de LagartijoGuerrita, y algunos otros de menor cuantía, había dejado en la Fiesta una estela de estilo, valga el modesto juego de palabras. Al propio tiempo se acentuaba ya la decadencia de la suerte de varas y de la estocada, que monopolizaron antaño la atención del espectador.

El público, bien aleccionado por una crítica sana y competentísima, quería ver torear, y lo cierto es que, en la inmensa mayoría de las veces, la voluntad de los diestros de entonces se estrellaba contra la falta de colaboración de la mayoría de los toros.
Porque, en efecto, para una faena de media docena de pases, con el único designio de cuadrar al bicho, a fin de propinarle una grandiosa estocada, cualquier toro valía. Ahora bien, cuando se trata de buscar un lucimiento legítimo con el capote y la muleta, era imposible alcanzar con aquellos bichos que escarbaban incesantemente,  como si cavasen su propia sepultura; que se aculaban a las tablas, en plan puramente defensivo;  que tiraban coces o desarmaban en todos los lances… ¿Dónde habían ido a parar aquellos animales bravísimos, que tomaban hasta cincuenta puyazos, y doce corrientemente?

No lo sabemos, pero sospechamos que el quid estaba en otro modo de apreciar las cosas. Aunque la puya fuese antes de mucho menor castigo, se comprende que, para que un toro llegase a tomar una docena de varas, estas no podrían tener la consideración, en su mayoría, de puyazos de castigo, si no de meros refilonazos, bien porque el toro se saliese suelto, porque, contrariamente, derribase con estrépito, o porque el picador, con su magnífica destreza y su fuerza hercúlea, le despidiera por delante del caballo, haciendo que éste sesgase su posición, o sea como hoy se practica en las tientas.

Por cierto que se atribuye a Guerrita la primera orden a los picadores para que dejasen al toro cornear en el caballo, a fin de, en tanto, poderle castigar en forma. Si esto es así, tenemos que consignar nuestra impresión desfavorable hacia el cordobés, por el mal efecto que esto supone, creando un funesto precedente para el caballo…y para el toro. Insistimos en que picando (no ya como hoy, sino como  se practicaba la suerte a principios de siglo), un toro no podía aguantar tantos puyazos como nos dicen. Todavía conservamos en casa un trozo de pica, de más de medio metro, magníficamente pintado de rojo, que se sacó en el desolladero de una plaza de provincias a uno de los primeros hijos del Diano.

Luis Fernández Salcedo

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